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La clave de Drexler

En su concierto más grande en Costa Rica, Jorge Drexler presentó un ambicioso show que hiló cuatro décadas de ritmos tradicionales y tonalidades melosas.

Por Carlox Soto

Hace 10 años Andrés Cervilla me dijo que su banda Infibeat se había planteado hacer su disco Ritmos Cimarrones Vol. 1 usando exclusivamente la clave. Sí, la clave de salsa en un disco de funk y jazz. ¿Cuál clave? Di, pues la clave, esa que marca el ritmo: Pla, pla, pla-PLA PLÁ. Si aún no me entiende, dejen que don Gerardo les explique en este video. En el momento el plan de Cervilla y compañía me pareció ambicioso y francamente abstracto, pero escuchando el disco quedó claro que la clave estaba ahí en cada canción.

Flash forward a diez años y me topo con una invitación muy cariñosa de Jessica Rojas (YK para los que saben) para ver a Jorge Drexler en vivo, quien -consciente o inconscientemente- armó un concierto entero usando la clave, una hazaña monumental, más considerando lo amplio de su repertorio y lo grande del recinto, Parque Viva, un lugar donde es posible oír el roce de los bolillos contra los tambores cuando el percusionista se equivoca. Pero acá no hubo errores. La noche del 12 de setiembre nos llegó un show bien armado y ensayado la última fecha de una gira Latinoamericana que repasó cuatro décadas de música y mantuvo el reinado de Drexler como uno de los cantautores más relevantes de la música en español.

Drexler es un artista con el que siempre he tenido una relación tibia o más bien distante. Podría incluso apuntar que en algunas canciones y letras es fácil dejarse llevar por el cinismo y compararlo con música medio de autoayuda (aquí sé que estoy enojando a mucha gente pero no se preocupen, ya vienen los elogios). Pero experimentar su show, escuchar los arreglos que armó para su tour Taracá, y la puesta en escena centrada centradísima) en la música y su historia abate cualquier intento de indiferencia. Es didáctico, es consistente y tiene un carisma arrollador.

Estas son mis impresiones (mis claves, ja) del concierto más grande que haya dado el uruguayo de 61 años en Costa Rica.

Taracá

El nuevo álbum de Drexler se sostiene por su constante investigación, no solo de nuevos ritmos y formas de conectar. Pienso en el minirave de “Ante la duda, baile” y en todo el contenido de la canción en el que detalla los bailes que han sido perseguidos en Latinoamérica: la samba, el tango, la milonga y por supuesto, el swing criollo de Costa Rica. La misma Jessica, hace ya más de un mes, le había contado a Drexler sobre cómo el swing era mal visto y Drexler y en medio concierto, con hojas en mano, Drexler le explicó al público tico que este no es de esos países donde “no pasa nada”, sino que muchas veces ignoramos nuestra propia historia. Hablamos de un país en el que se quemaron discos de los Beatles siguiendo los pasos de las iglesias protestantes estadounidenses.

Drexler se encarga de desempolvar estas historias incómodas y también hablar de tensiones más recientes. El cantautor que daba miles de gracias en “Telefonía” (2017) por los avances tecnológicos, hoy cuestiona cómo las mal llamadas inteligencias artificiales se interponen en las relaciones humanas y cuestiona qué hay debajo de todos esos chats y agentes cariñosos que “resuelven” problemas que antes no teníamos.

Taracá es un álbum muy amigable para quien no le ha entrado a la discografía de Drexler pero también un disco que revisita ideas sobre conectar y sobre *tratar* de ser humano o al menos flotar en este mundo incierto (¿ven? uno va a un concierto de este tipo y se le contagia eso de escribir como poeta de ciencias sociales). Pero es que vivir sin cinismo en este mundo es imposible y vivir con esperanza es obligatorio. Sino pa qué dijo Camus. Camus dijo famosamente que morirse en un accidente de tránsito era la peor muerte (y luego se murió en un accidente de tránsito). Años después Drexler dijo “No hay nada como tu amor como medio de transporte”. Creo que los dos tienen buenos puntos.

Volviendo a nuestra crónica, “¿Hay alguien A.I.?” fue prueba de que el disco ha sido muy bien recibido acá, una canción que la gente se sabía a la perfección y que causó gritos y una lluvia de apretes en todo el recinto (o al menos al mi alrededor (provecho)).

Maquillaje

Fue el músico y productor nacional Felipe Pérez quien una vez me dijo que cuando los músicos cambian las canciones en vivo es para tener la oportunidad de “darle nuevo maquillaje a un viejo amigo”. Me robo la metáfora para abrir el saco de halagos hacia Drexler y su banda. Empecemos porque tiene tres percusionistas súper sólidos, algo inevitable considerando el repertorio, pero -sin que ninguno brillara más que otro- sostenían cada canción y cada detalle con una facilidad que solo se encuentra en profesionales. Mención de honor a Eva Catalá que, a parte de tocar tambores, hizo magia con el vibráfono en clásicos como "Polvo de estrellas", "Pongamos que hablo de Martinez" y otras más nuevas como “Las palabras”, canción que, por supuesto, empieza con la clave. La contrabajista Ale López tocaba teclados. La encargada de coros, secuencias y percus -Myriam Latrece- menores también cantó una hermosa versión de “Cuando cantaba Morente”. La guitarrista Flor Gamba se encargó de las secuencias un rato. Ah, bueno, y durante “Las palabras” el ensamble entero entró en una especie de coreografía de danza contemporánea mientras Drexler cantaba en una tarima en medio de la audiencia. Casual.

El carisma y el bajón

Como buen estudiante de setlists sabía que no todo iba a ser baile y clave. Drexler es conocido también por sus baladas melosas y melodiosas (esperando que estas palabras no me les suenen odiosas). Pero es así y vale la mención de que en medio del concierto siempre hay un bajón. Ese era el el segmento del que menos esperaba en que toda la audiencia disfrutara parada. Pero fue todo lo contrario.

Con un micrófono inalámbrico en la mano, el uruguayo caminó al centro casi perfecto del Anfiteatro Imperial para cantar “Guitarra y vos”, una versión acapella de “Al otro lado del río” y la “Milonga del moro judío”, regalándole cercanía a quienes no estaban tan cerca del escenario. Desde el escenario, Flor Gamba acompañaron en duetos, siendo el más desgarrador “Soledad” junto a López. Si hay algo hermoso de los conciertos es sentir a miles de voces estar en la misma frecuencia, es algo que solo se pide comparar a estar en un estadio cantando con los del mismo bando. Solo que en un chivo no hay rivalidades, sino miles de puntos de encuentro, cuerdas vocales que se gastan con el solo motivo de fucking sentir. Y sentimos bastante. La muchacha de blusa blanca detrás mío que lloraba sentada viendo la banda, el muchacho colocho que quería grabar a la banda pero las lágrimas le tambaleaban la toma, lloraba también yo en seco que “vengo llamando a tu puerta, desde hace un tiempo”.

El inevitable bajón del concierto, entonces, se transformó en el momento de mayor conexión. Pues sí, había miles de celulares grabando y tal, pero el momento emocional que causó la ubicación de Drexler, las canciones, la cantada colectiva, todo el combo nos ayudó a sacudirnos esas críticas del cinismo. El carisma puro que emana el tipo fue más que suficiente.

"La edad del cielo", "Amar y ser amado" y la poderosa "Inoportuna" terminaron de redondear ese segmento del show.

Ser

Antes del concierto y curarme el cinismo, mi mayor pregunta era, “¿por qué sigue viniendo la gente a los shows de Drexler?”. Varia gente que saludé había ido a los últimos tres, varios me hablaron de sobrellevar la pandemia viendo aquel fatídico concierto grabado en un Teatro Melico Salazar vacío, también una pareja me contó emocionada que venía a que su hija viviera su primer experiencia de concierto (espero que estuvieran muy muy cerca cuando Drexler subió entre la audiencia). La música, de Drexler o no, es punto de conexión, es un momento para respirar diferente. Pero la música de este tipo tiene una capacidad muy especial de alinear a todas las personas. Una amiga dijo que ese seguro era el único concierto en la historia del país donde no había un solo votante del PPSO, algo que en su momento habría sido un tuitazo. Pero hoy pienso que ojalá que sí los hubiera: tal vez en esas dos horas de chivo se dieron cuenta que no hay nada más hermoso que cuidarnos entre todxs, vernos a los ojos sin etiquetas. Y simplemente ser.