Saltar al contenido

El mago

Ideas de revolución y cinismos de planilla: Tom Morello en su primer concierto en Costa Rica.

Por Carlox Soto

Viendo a El mago en el escenario es fácil pensar que, por sus capacidades, es un ser de otro planeta. Pero esa es la magia de la magia: todo viene de una persona normal, un truco bien disfrazado que se completa con nuestra euforia.

Una noche común en Zapote nos apuntamos a caminar dos kilómetros para no depender del taxi o el uber hacia nuestro destino. Caminar por las mismas calles en las que crecí, que recorrí muchas veces en mi adolescencia, era una forma de entrar en calor, de recordar justo los tiempos en los que no había para el Uber o el taxi, y de observar cómo ha cambiado el barrio. El local ese en el que nunca pega nada ahora va a ser un Don Döner. La licorera es cada vez más grande. El bar que nunca cierra está lleno un martes.

Caminamos todo eso para ver a El mago, claro, para dejarnos envolver por su música rebelde y recordar por unas horas las personas que solíamos ser.

De camino conversamos sobre nuestros bretes corporativos, sobre cómo ahora hay que optimizar esto y aquello, ojalá usando algoritmos que prometen ser magia pero no lo son. Son programas que quieren mentirnos y envolvernos, pero es que hasta eso hacen mejor los seres humanos. El mago es prueba de ello. Ese 17 de marzo nos ofreció un show bien pensado, ajustado eso sí a los milímetros y los cálculos y los comentarios políticos que ofrece un escenario en Chepe, pero con trucos de guitarra y letras que nos permitieron soñar con un mundo mejor.

El mago nos promete que somos soldados: su primera canción es “Soldier in the Army of Love”, nos llena la cabeza de un espíritu de lucha que, en apariencia, todos tenemos dentro de nosotros y nos muestra que cada uno de los presentes estamos a una canción de despertarlo. Nos dice que somos hermanos y hermanas en esta lucha, que nada nos va a distraer del objetivo, que es… ¿qué es? Bueno, algo relacionado a la revolución. A no ser parte de la otra cosa. El acto de magia empieza en nuestras cabezas.

Nuestro mago, o más bien El mago de todxs, nos ofrece como Promesa una guitarra normal, conectada a unos pedales Digitech que se cuentan entre lo más barato del mercado. Con esta herramienta popular levanta masas y despierta sensaciones: basta escucharlo tocar los primeros acordes de "Testify" –que no está ni en mi top 5 de canciones favoritas de Rage Against the Machine– para envolvernos en su acto: no necesita cantar o decir palabras pues todos los presentes lo hacemos por él. Completamos el truco. Esa es la magia de la magia: la suma de un objeto común, un lugar de conciertos feo y un repertorio con sinsabores, gracias al carisma de El mago, resulta en una experiencia extraordinaria, por más cliché que sea decirlo.

Y clichés hubo.

Que tu chema de estrella roja.

Que tu compa el que siempre se viste con army hat y hoy se siente validado.

Que tu camisa de FC Palestina (yo y 100 más)

Que tu guitarrista virtuoso que canta revolución y viaja con 20 guitarras.

Que tu bandera de Cuba no-girada-hacia-fuera es decir no-dejando-a-los-músicos-ver-el diseño.

El mago nos da felicidad al darnos enojo: no queremos más guerras, no queremos más fascismo, no queremos más abusos. Nadie quiere eso pero nadie dice nombres. Estamos en contra de “lo malo”, pero las áreas grises no son determinadas y El mago trabaja así: sus consignas son lo suficientemente claras para que las cantemos; porque quién no quiere power to the people, quién no se opone a las bombas, pero, ¿quién realmente quiere hacer algo para cambiarlo?

Todo esto pasa por mi mente mientras veo a El mago cantar sus canciones nuevas, que no tienen ni el tono ni la poesía de sus piezas viejas. Todo esto valoro desde la zona vip (40.000 colones), con birra de lata en mano (2.500 colones), después de comerme una hamburguesa de dudosa procedencia (7.500 colones). Mi yo de dieciséis años no entendería cómo este concierto que estoy viendo y cómo este poder adquisitivo de mi presente son posibles. Pero mejor apago la cabeza y grabo esta pieza revolucionaria con mi celular (175.000 colones).

Con todo y mi cinismo, El mago desarma mis expectativas. No hay nadie en este mundo que toque guitarra como él y aunque solo nos ofrezca migajas de “Bulls on Parade”, “Sleep Now in the Fire” y “Cochise”, es evidente que estamos frente a un puto mago. ¿Cómo hacés para que esa guitarra suene como una licuadora futurista o como el scratch de un vinilo? Mago, ya al chile, ¿cómo es eso que en “Cochise” solo movés la mano encima de los trastes y hacés que el lugar entero suene como el sistema de defensa que Tom Cruise debe superar en Misión Imposible 20?

El mago no ofrece explicaciones, es parte de la magia.

Cedernos el micrófono cantar “Like A Stone” y “Bullet in the Head” “Killing in the Name” podría ser calificado como hacernos trabajar con él, pero no: es una experiencia colectiva, un momento de catarsis, la memoria más importante que crean un padre y un hijo con 18 años recién cumplidos. El mago no puede estafarnos porque somos átomos, somos ideas y somos el concepto de hombres de familia que nos dimos libre una noche para disfrutar de lo que fuimos y lo que pudimos ser. A la salida aterrizamos, salimos aplaudiendo en nuestro cosplay roquero y pensando todavía en las ideas revolucionarias que El mago plantó magistralmente en nuestras cabezas.

Compramos birras por sinpe y tomamos en la calle (doble rebeldía) y en eso un compa suelta el Prestigio: “bueno, qué, ¿listos para volver a sus bretes corporativos mañana?”.

Todas las fotos por Ernesto Santamaría de Black Line Productions.